El mismo recinto, otra final y, nuevamente, el llanto del capitán. El 26 de junio de 2016, Argentina no pudo marcar goles en un partido que se extendió por 120 minutos y terminó sucumbiendo 4-2 en la serie de penales, una de las noches más dolorosas en la trayectoria de Messi.
En esa ocasión, el rosarino ejecutó el primer penal argentino, enviando la pelota por encima del travesaño. Luego se sentó en el suelo, con la mirada perdida y el rostro inundado de lágrimas, mientras Chile celebraba su bicampeonato continental.
Esa derrota fue más que una final perdida; fue la cuarta en la que Messi no logró salir victorioso con la Selección mayor, siendo la tercera consecutiva, tras el Mundial de Brasil 2014 y la Copa América de 2015.
“Se terminó para mí la Selección. Son cuatro finales, no es para mí. Lo intenté, era lo que más deseaba, pero no se dio”, declaró aquella noche, aún con la frustración a cuestas.
Sin embargo, su renuncia no duró más de dos meses. Messi regresó para continuar su trayectoria con la camiseta argentina, y con el tiempo, esa imagen de derrota se convirtió en el punto de inflexión hacia su reconquista.
Hubo luego éxitos como la Copa América 2021, la Finalissima 2022, el Mundial de Qatar y la Copa América 2024. El futbolista que en 2016 sentía que la Selección no era para él se transformó en el capitán de la era más exitosa de la historia reciente.
Por ello, las lágrimas del pasado domingo adquirieron un nuevo significado. Argentina volvió a perder una final en Nueva Jersey, ahora contra España, gracias a un gol de Ferran Torres en el tiempo suplementario, pero Messi ya no dejó el campo sintiendo el peso de la frustración.
A sus 39 años, el capitán anhelaba guiar a la Selección hacia el bicampeonato mundial y la cuarta estrella. La derrota impidió un cierre perfecto, pero no alteró la importancia del legado que forjó a lo largo de diez años de recuperación.
En 2016, Messi lloró convencido de que su historia con la Selección había llegado a su fin. En 2026, regresó a llorar en el mismo estadio, pero esta vez después de haberlo conseguido todo y de llevar a su país a una nueva final mundial.
El contexto también ha cambiado. La Selección de 2016 dejó Nueva Jersey en medio de una crisis, con rumores de renuncias masivas y 23 años sin títulos mayores. En contraste, la actual se marchó como subcampeona del mundo, habiendo conquistado cinco trofeos y mantenido una era de competencia extraordinaria.
Sin embargo, la imagen fue inevitablemente familiar: Messi caminando con lágrimas en los ojos sobre el césped del MetLife, mientras el rival levantaba un trofeo y Argentina se esforzaba por asimilar otra oportunidad perdida.
Diez años separan ambas finales, pero también una transformación completa. Nueva Jersey volvió a traer a Messi el dolor, aunque esta vez sin la carga de la frustración: esas lágrimas pertenecen a un campeón que estuvo a un paso de dejar su marca con otra hazaña.









