En 2021, Franca y su esposo, Fernando, realizaron una compra de terreno en el Valle de Calamuchita después de vender un auto y destinar sus ahorros a la adquisición de la propiedad. Al no contar con el capital necesario para construir una casa convencional, optaron por una solución más asequible: recuperar un colectivo hallado en un desarmadero.
La idea se gestó a raíz de una experiencia previa: antes de la pandemia, la pareja había transformado una combi en un motorhome para recorrer Argentina y Uruguay. Con ese aprendizaje, consideraron que podrían aplicar sus habilidades para rehabilitar un colectivo como su nuevo hogar.
La pareja encontró el vehículo en una chatarrería y lo compró a un precio accesible. Sin embargo, el colectivo, que carecía de motor y presentaba daños significativos, planteó varios desafíos logísticos. El traslado hasta su terreno fue complicado, ya que el eje estaba en mal estado y durante el trayecto, el parabrisas se soltó. Además, una grúa quedó atascada en un pozo, retrasando su llegada.
Instalado en el nuevo lugar, comenzó el arduo trabajo de adecuarlo para vivir. La pareja tuvo que lidiar con capas de suciedad acumulada, retirar los asientos y tratar contra el óxido la estructura. Posteriormente, repararon las perforaciones en la chapa, instalaron aislamiento térmico y recubrieron las paredes y el techo con madera.
“Fue todo a pulmón”, relató Franca sobre este proceso, donde combinaron su experiencia previa con tutoriales de YouTube que les ayudaron a afrontar las tareas desconocidas. En aproximadamente cuatro meses, lograron realizar las reformas necesarias para establecer su residencia.
El colectivo, que abarca unos 33 metros cuadrados, fue diseñado para acoger a una familia. Su distribución incluye un espacioso living-comedor con cocina abierta, un cuarto para las hijas y un dormitorio principal.
Para optimizar el uso del espacio, la pareja incorporó muebles hechos a medida. En la habitación de las niñas, colocaron una cucheta y áreas de almacenamiento, mientras que en la zona social organizaron un entorno funcional para cocinar, comer y relajarse.
La vivienda opera casi de manera autónoma, sostenida por un pozo de agua propio, paneles solares y gas envasado. Inicialmente, la familia utilizaba un baño seco y una ducha en una estructura exterior. Con el tiempo, y mejorando su situación financiera, construyeron un baño convencional de cemento conectado al colectivo.
Uno de los mayores retos fue el aislamiento térmico. Debido a la naturaleza metálica de la estructura, resultaba esencial crear condiciones adecuadas para soportar las altas temperaturas del verano y el frío del invierno. Para mejorar la climatización, instalaron un equipo de aire acondicionado frío-calor y un calefactor de tiro balanceado.
Con el tiempo, la familia amplió el área exterior para aprovechar la belleza natural del entorno. Construyeron un deck de aproximadamente tres por diez metros, que se ha convertido en una extensión del hogar y un lugar ideal para disfrutar reuniones y comidas con amigos.
Además, adquirieron el terreno colindante, expandiendo su propiedad de 1.000 a aproximadamente 3.500 metros cuadrados. También erigieron una habitación de cuatro por cuatro metros, que ahora sirve como dormitorio principal y espacio de trabajo.
Para asegurar que el colectivo se integre al paisaje serrano, recubrieron la fachada con madera y troncos. En los senderos del parque, usaron recortes de corteza y madera a un costo bajo, adquirido en madereras locales.
El resultado es un hogar que, desde el exterior, se fusiona armónicamente con el entorno natural, ocultando en gran medida la estructura original. Este proyecto también les permitió aprender sobre alternativas habitacionales en áreas alejadas de los servicios convencionales, incluidas soluciones para el tratamiento de aguas residuales.










