Abadi posee una vasta experiencia en psiquiatría y psicoanálisis. Ha sido miembro titular de la Federación Latinoamericana de Psicoanálisis y de la Asociación Psicoanalítica Internacional, además de haber participado como expositor en congresos internacionales y de haber sido profesor invitado en diversas universidades. Su carrera también abarca la comunicación, con múltiples publicaciones sobre psicología, relaciones humanas, sociedad y comportamiento.
Durante la conversación, el especialista enfatizó un cambio que considera fundamental: el aumento de las libertades individuales no ha estado acompañado de un mayor reconocimiento hacia los demás. “Hoy hay muchísimas más libertades, pero también hay una disminución de lo que es el registro del otro, la solidaridad, el ‘soy porque sos’”, afirmó.
Para Abadi, la transformación de las relaciones debe contextualizarse dentro de un marco social más amplio. Si bien la sociedad actual ofrece más alternativas de elección, también ha modificado costumbres, expectativas y maneras tradicionales de relacionarse.
El psiquiatra relacionó este fenómeno con dos importantes cambios demográficos: la notable reducción en las tasas de natalidad y el aumento de la esperanza de vida. A su juicio, ambas tendencias han alterado la estructura social, así como la economía, el entretenimiento y las prioridades generacionales.
Sin embargo, advirtió que no basta con analizar estos cambios desde el ámbito económico. “La respuesta es multicausal”, remarcó al referirse a las crecientes decisiones de muchas personas de no tener hijos.
El concepto de individualismo es central en su análisis. Según Abadi, existen dos tipos de individualismo: uno que fomenta la autonomía personal sin perder de vista al otro, y otro que puede degenerar en actitudes narcisistas. “Hay un individualismo que se encuentra en la frontera entre el individualismo responsable que reconoce al otro y el individualismo narcisista donde el otro me molesta”, expuso.
Además, Abadi destacó que la crianza enfrenta un desafío particular en una sociedad que otorga cada vez más valor al tiempo personal. “La parentalidad es un trabajo. Es una responsabilidad, es una exigencia, es un estar atento, es un dedicarse al otro”, dijo.
En este sentido, observó que hoy existe una mayor legitimidad para priorizar el descanso, la diversión y las actividades personales. Una situación cotidiana, como el llanto de un niño en un avión, puede así transformarse en una fuente de irritación para quienes sienten que su intimidad ha sido interrumpida.
El análisis del psicoanalista sugiere que el verdadero problema surge cuando la búsqueda del bienestar personal dificulta las conexiones con los demás. “La gente se cansa por la dificultad que tiene de involucrarse, incluso lúdicamente, con lo que hay que hacer”, afirmó.
Por otro lado, vincula este desafío a un fenómeno más amplio: “Hay un cierto perfil psicológico cuando se entra en un campo sintomático que hace más difícil lo social, lo grupal y lo integrativo.”
Durante el diálogo, se planteó la hipótesis de que los niños pueden resultar incómodos porque obligan a los adultos a soltar el control y enfocarse en el presente. Abadi coincidió y destacó la capacidad de los niños para llevar a los adultos al aquí y ahora: “Los chicos nos traen muy rápidamente y de sopetón al aquí y ahora”, apuntó.
El especialista también abordó el concepto de ‘presentismo’. Explicó que concentrarse en el presente puede tener efectos positivos, ya que permite liberar a las personas de la carga del pasado o la preocupación por el futuro. No obstante, también puede tornarse problemático si conduce al aislamiento. “El presentismo toma hoy un lugar clave, crucial”, sostuvo, y agregó: “Hay un costado súper positivo y otro sintomático.”
Para Abadi, el límite es cuando la focalización en el presente dificulta la conexión con la propia historia y con los demás. “Cuando ese presente aísla, cuando ese presente no nos permite historificar, hay un campo sintomático”, manifestó.
Otro punto de interés abordado por el especialista fue la relación que los niños establecen con las preguntas. Los pequeños obligan a los adultos a responder cuestiones para las que, en muchas ocasiones, no tienen respuestas inmediatas, lo que puede resultar incómodo; sin embargo, Abadi lo considera esencial para el crecimiento. “Nos hacen preguntas que no sabemos responder y a muchos adultos nos molesta”, reflexionó. Aún así, consideró que este proceso es vital: “Instalan la pregunta y la pregunta es crecimiento y maduración.”
Finalmente, Abadi planteó que los adultos también pueden reconectar con su propia dimensión infantil. “Hay una cierta dificultad a veces en vincularse con el propio aspecto infantil de uno”, reconoció. Para el psiquiatra, recuperar esta faceta permite volver a experimentar el juego, la curiosidad y otras formas de interacción que pueden quedar relegadas en la vida adulta.









