La psicóloga Gabriela De Marco, coordinadora de Red Psico Espacios, destacó que desde la psicología no se establece una traslación literal de los miedos. “No significa que un miedo pase de una persona a otra. Los padres siempre aportan algo propio: sus fantasías, sus angustias y sus temores”, puntualizó.
Cada hijo, subrayó, desarrolla su propia narrativa. “Luego cada uno actuará en función de lo que ha recibido. Puede aceptarlo, transformarlo o hacer algo diferente”, añadió.
La especialista enfatizó que las experiencias personales de cada adulto inevitablemente impactan en la crianza. “Es imposible ejercer la maternidad o paternidad sin incorporar algo de nosotros; la clave está en poder reconocerse”, afirmó. También mencionó que, en la actualidad, muchas familias enfrentan una presión considerable por hacerlo todo de manera correcta, lo cual intensifica el temor a cometer errores en la crianza.
Desde su perspectiva, el miedo es una emoción útil que prepara a las personas para enfrentar peligros. Sin embargo, se convierte en un problema cuando limita la vida de un niño. “Es natural preocuparse por nuestros hijos. El desafío radica en distinguir entre la protección razonable y lo que se deriva de nuestros propios miedos”, aclaró.
De Marco observó que, muchas veces, los adultos impiden experiencias fundamentales para el crecimiento sin ser conscientes de ello. “Los temores pueden hacer que los chicos no experimenten, no se atrevan o no enfrenten nuevas situaciones. Cada experiencia conlleva aprendizajes esenciales para la vida”, afirmó.
La psicóloga subrayó que los niños aprenden tanto de las palabras como de las acciones. “Los pequeños observan cómo actuamos los padres ante los miedos”, explicó. Por esta razón, sugirió señalar los riesgos sin generar pavor, acompañar el proceso, permitir la exploración y dejar que también cometan errores.
“Controlar es diferente a cuidar”, resaltó De Marco. A medida que los hijos crecen, los adultos deben adaptar su forma de apoyo para fomentar la toma de decisiones y la confianza en sus propias habilidades.
La especialista advirtió que los temores de los adultos pueden derivar en una protección excesiva que limite experiencias críticas para el crecimiento. “Ese es el delicado límite en el cual, por miedo a que les ocurra algo, evitamos que cometan errores, que aprendan y que enfrenten las experiencias necesarias para su desarrollo”, explicó.
Además, destacó que la misión de los padres no es crear un entorno libre de dificultades para sus hijos. “La vida también incluye momentos desafiantes, pérdidas y errores. Nuestra labor es acompañarlos y brindarles las herramientas adecuadas para enfrentar esas situaciones”, manifestó.
De Marco indicó que algunas preocupaciones son específicas de cada etapa de la infancia, mientras que otras pueden persistir durante años si no se abordan. “A menudo mantenemos inquietudes que provienen de épocas pasadas y no nos damos cuenta de cómo continúan influyendo en nuestra vida o en nuestra manera de criar”, observó.
En estos casos, resaltó la importancia de la terapia como un recurso para comprender el origen de esas emociones y encontrar maneras renovadas de gestionarlas. “El desafío no es vivir sin miedo, sino que esos temores no limiten nuestra vida ni la de nuestros hijos”, concluyó.








