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El impacto del riesgo climático en el sector agropecuario argentino

14 septiembre, 2026
in Economía
El impacto del riesgo climático en el sector agropecuario argentino
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El sector agropecuario de Argentina se ha adaptado a la incertidumbre inherente a su actividad, donde los cambios en los precios, los costos financieros y las regulaciones son elementos cotidianos. Sin embargo, un factor se está convirtiendo en el eje central que podría reconfigurar las dinámicas del negocio: el riesgo climático.

La Universidad Austral está monitoreando esta transformación. A través de la Encuesta de Necesidades del Productor Agropecuario y el Ag Barometer del Centro de Agronegocios y Alimentos, se vislumbra que los factores climáticos se posicionarán como el mayor desafío en los años venideros, sin distinción de la escala de explotación.

Los eventos climáticos extremos, tales como sequías, inundaciones y olas de calor, influyen considerablemente en los rendimientos agropecuarios, lo que repercute no solo en los ingresos, también en la capacidad de devolver créditos y la rentabilidad de los productores, afectando así a toda la cadena de valor.

Se pueden mencionar casos como la sequía prolongada que se extendió durante tres campañas entre 2020 y 2023 o el impacto adverso de la chicharrita en la campaña de maíz 2023/24. Por lo tanto, resulta crucial comenzar a integrar el riesgo climático bajo nuevas perspectivas.

Cuando un evento climático severo impacta en un cultivo, las repercusiones no se limitan a la parcela afectada, sino que se extienden a diversas áreas de la economía. A medida que los fenómenos climáticos se vuelven más impredecibles e intensos, las compañías de seguros enfrentan crecientes dificultades para estimar pérdidas y ofrecer coberturas adecuadas.

Como consecuencia, las primas de los seguros tienden a incrementarse, y algunos productos dejan de estar disponibles. Sin la adecuada protección, acceder al crédito se complija y se torna más costoso, trasladando la presión al sistema financiero.

Esto termina afectando al productor, que se ve obligado a afrontar mayores costos por préstamos y pólizas, así como a la economía en su conjunto, que experimenta una desaceleración en la producción y la inversión en sectores clave. De ahí que cada peso invertido en mitigar las vulnerabilidades climáticas no deba considerarse un gasto ambiental aislado, sino una inversión para reducir costos financieros, estabilizar el sector y favorecer el crecimiento.

En este contexto, surgen preguntas cruciales: ¿cómo ajustar las estrategias de producción ante la intensificación y frecuencia de los eventos climáticos? Es esencial reflexionar sobre si se está abordando la naturaleza de manera adecuada.

Históricamente, se ha considerado al suelo, el agua y otros recursos naturales como bienes inagotables a disposición para la producción ilimitada. Este enfoque ha revelado sus inconvenientes: cerca de la mitad de la economía global depende directamente de la naturaleza, y casi toda la producción de alimentos está vinculada a la salud del suelo. Cuando este capital se degrada, no solo el campo se ve afectado, sino que toda la economía sufre sus consecuencias.

Este cambio de mentalidad está comenzando a asentarse: es fundamental dejar de ver la naturaleza como un recurso explotable para concebirla como un activo económico y un organismo vivo capaz de regenerarse si se gestiona adecuadamente. De acuerdo con esta lógica, el suelo no es solo una superficie de siembra, sino un sistema biológico que puede recuperarse y fortalecer su resistencia, o agotarse si no se gestiona correctamente.

El deterioro del capital natural también compromete la capacidad del sistema productivo para hacer frente y recuperarse de eventos climáticos adversos. El riesgo climático amplifica el riesgo productivo de manera sistémica; el evento climático es el catalizador, pero sus efectos finales dependen de la historia y las condiciones actuales del sistema productivo.

Un suelo sano, una gestión adecuada del agua y una mayor biodiversidad fortalecen la capacidad de un campo para absorber y recuperarse de impactos inesperados. Reconocer la naturaleza como capital natural implica aceptar que la rentabilidad futura depende, en gran medida, de la calidad de los activos ambientales que se poseen actualmente.

La tecnología se presenta en este contexto no como una promesa lejana, sino como una herramienta concreta que el productor puede utilizar para gestionar riesgos. Las tecnologías digitales y de precisión, junto con prácticas regenerativas, a menudo se vinculan a mejoras en eficiencia y reducción de costos. No obstante, su valor es mucho más amplio cuando se analiza desde la perspectiva de las funciones ecosistémicas que pueden fortalecer.

La pregunta fundamental es qué desafío resuelve cada tecnología: ¿contribuye a mejorar la retención de agua? ¿disminuye la erosión? ¿favorece la biodiversidad? ¿ayuda a recuperar el estado del suelo? Esta forma de mirar permite construir sistemas productivos más resistentes y capaces de absorber impactos climáticos sin quebrarse.

Sin embargo, es evidente que muchos productores aún no reconocen plenamente estas prácticas como herramientas efectivas de gestión del riesgo. Superar esta brecha implica un cambio en el enfoque.

Los productores deben abandonar una mentalidad centrada en la explotación de recursos para adoptar una perspectiva empresarial que priorice la gestión del capital natural, buscando maximizar su rendimiento y servicios ecosistémicos a lo largo del tiempo, siendo conscientes de que el agotamiento de estos recursos también agota su propio negocio. Esto requiere tomar decisiones pensando no solo en la próxima campaña, sino en la estabilidad a largo plazo.

Avanzar en este sentido requiere más capacitación, servicios de extensión y supervisión, acceso a información y, fundamentalmente, un conjunto de incentivos adecuado. Si la preservación y regeneración del capital natural conlleva beneficios para la sociedad, estos deben ser reconocidos en las reglas que guían las decisiones económicas individuales.

La discusión sobre el agro argentino se enmarca en una tendencia global. Gobiernos, empresas y mercados financieros observan con preocupación creciente los riesgos climáticos y sus consecuencias económicas. Una encuesta de percepción de riesgos del Foro Económico Mundial para 2025 sitúa cinco riesgos ambientales entre los diez más significativos a nivel global, destacando los fenómenos climáticos extremos como la principal amenaza futura. América Latina y el Caribe se presentan como la región más inquieta ante estos riesgos.

Los estudios de la Universidad Austral refuerzan esta tendencia, mostrando que si bien los productores son conscientes del riesgo climático, aún les cuesta traducirlo en estrategias de gestión concretas. Cerrar esa brecha entre la percepción de riesgo y su adecuada gestión es un importante desafío del sector.

El fenómeno de El Niño volverá a poner a prueba el campo argentino, pero como cada evento climático extremo, también puede convertirse en una oportunidad para avanzar en el cambio que ya se está gestando. La cuestión no es únicamente cómo resistir esta temporada, sino qué tipo de agro se desea construir para el futuro. Convertir la amenaza en oportunidad implica repensar los activos naturales no como limitaciones a superar, sino como el capital que sustenta la productividad, la rentabilidad y el crecimiento sostenible. Cuidar la naturaleza, por tanto, se convierte en parte esencial del negocio.

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