Pollán comenzó su carrera en el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Fontcalent, en Alicante, en febrero de 1985. Apenas unos días después de su ingreso, un interno de 1,90 metros y 135 kilos atacó al jefe de servicio.
Recordó en una entrevista: “Todos nos abalanzamos sobre él”. En ese momento, él y sus colegas eran inexpertos y no contaban con formación previa para enfrentar situaciones de tal magnitud. Relató que de los 20 nuevos empleados que iniciaron esa semana, “dos renunciaron tras el incidente”.
Además, durante sus primeros días, Pollán vivió una experiencia difícil de olvidar. Al realizar un chequeo rutinario en una celda, encontró “un dedo meñique envuelto en papel higiénico”. Según su relato, el interno le explicó que se lo había mordido en un intento de enviárselo a un juez.
A lo largo de su extensa carrera, Pollán desempeñó funciones en las tres cárceles de Alicante, interactuando con reclusos de alto riesgo. Su trabajo no solo consistía en la vigilancia, sino que también abarcaba la escucha activa, la mediación y la resolución de conflictos.
“En una prisión se convive con problemas de droga, violencia, insultos, amenazas, ves muertes y autolesiones”, manifestó, añadiendo: “Cuesta asimilarlo, pero tienes que asimilarlo”.
El acontecimiento más crítico que enfrentó fue el motín de Fontcalent, donde cinco reclusos tomaron como rehenes a cinco funcionarios durante 54 horas. Aunque se encontraba fuera de servicio, Pollán regresó de inmediato al enterarse de la situación.
Reflexionó sobre esa experiencia, expresando que sintió “la angustia de no saber qué pasaba con nuestros compañeros”. Finalmente, los rehenes lograron encerrar a los internos en una celda, lo que permitió a las fuerzas de seguridad retomar el control del centro.
En octubre de 2024, tras más de cuarenta años de servicio, Pollán decidió retirarse. Como homenaje a sus colegas, salió de la cárcel de Villena y corrió los 75 kilómetros que lo separaban de su hogar en Alicante.









