La destacada actuación de los Tiburones Azules en el presente Mundial no solo desafió las expectativas deportivas, sino que también permitió a numerosos argentinos conocer este hermoso archipiélago y asombrarse ante la conexión histórica que mantiene con nuestro país.
Antes de que Aldosivi alcanzara la Primera División o que Peñarol se consagrara campeón de la Liga de las Américas, Mar del Plata fue fundada el 10 de febrero de 1874 por Patricio Peralta Ramos, en lo que en aquel momento se conocía como Puerto de la Laguna de los Padres, que era prácticamente un saladero destinado a deshidratar carne vacuna para su conservación en los viajes marítimos, antes de la llegada de los frigoríficos. Este saladero fue establecido por Coelho de Meyrelles en 1857.
El visionario que impulsó la creación de la ciudad nació en Isla Brava, el trozo de tierra más pequeño habitado dentro de Cabo Verde, una nación insular situada frente a las costas de Senegal, que logró su independencia en 1975. Era hijo de Antonio Coelho de Meyrelles, un gobernador portugués que tenía control sobre las islas, y de Florinda de Burgos, una nativa del lugar.
La notable posición de su padre, quien desempeñó un papel clave en el tráfico de esclavos, le permitió acceder a estudios en Suiza y luego en la Universidad de Coímbra, en Portugal.
A pesar de su sólida formación académica, Coelho se estableció en Buenos Aires como “comerciante importador” y, con el tiempo, se convirtió en un destacado miembro de la aristocracia local, llegando a ser nombrado cónsul durante el gobierno de Rosas. Su carrera diplomática fue tan exitosa que el rey Fernando de Portugal lo condecoró como Caballero de la Orden de Nuestra Señora de la Concepción de Villaviciosa.
En medio de un contexto argentino agitado, especialmente tras la Batalla de Caseros en 1852 y la caída de Rosas, Coelho se vio impulsado a diversificar sus actividades y terminó vinculándose a un consorcio portugués denominado Maua y Cia, que buscaba establecer centros de faena para abastecer el intenso comercio de esclavos con Brasil y Centroamérica.
Este grupo le confió a Coelho la administración de uno de los territorios recientemente adquiridos, por lo que viajó a conocer la región que rodea la Sierra de los Padres.
Al llegar al mar, se apresuró en iniciar la construcción de un saladero que rápidamente comenzó a generar beneficios. Atraídos por la oportunidad laboral, comenzaron a llegar trabajadores, formando asentamientos que sentaron los cimientos de lo que más tarde se convertiría en Mar del Plata.
El negocio de tasajo, la carne producida por el saladero, era vital para alimentar a los esclavos; sin embargo, las prácticas de producción eran cuestionadas desde el punto de vista sanitario y comenzaron a ser prohibidas en varios países. La burbuja empresarial se desinfló y, junto al aumento de los costos de transporte, lo que parecía un negocio prometedor se desvaneció.
El saladero operó a pleno solo durante tres años y, hacia finales de 1860, su terreno fue vendido a Patricio Peralta Ramos. Sin embargo, lo que inicialmente había sido un sitio con cientos de trabajadores se había transformado en una comunidad.
Cincuenta años más tarde, la historia de la Ciudad Feliz continuó ligada a la nacionalidad del pionero que apostó por ese lugar. Las crónicas de la época mencionan su llegada: “En 1905 el contralmirante Blanco, a raíz de la reorganización de la subprefectura, mandó a traer dos docenas de negros nadadores de la isla de San Vicente”, señala un relato publicado en 1910. “Son 24 de color ébano, lustrado a muñeca”, concluye el artículo.
Esta operación estuvo relacionada con la creciente popularidad de Mar del Plata como destino turístico para la aristocracia porteña, quienes encontraban en la llamada “Biarritz del Atlántico” el lugar ideal para disfrutar de los veranos, pero era necesaria la presencia de nadadores capacitados para resguardar a la gente de las olas, y Cabo Verde era conocido por contar con los mejores nadadores del mundo.
Un artículo del diario local en marzo de 1913 narra un incidente en que dos caboverdianos salvaron a un joven a punto de ahogarse, quien luego se convertiría en el pintor Florencio Molina Campos.
Desde aquel entonces, numerosas oleadas migratorias han llegado desde el archipiélago a Mar del Plata y a otras ciudades portuarias de Argentina, estableciendo silenciosamente un vínculo entre ambas naciones que hoy sale a la luz gracias a una memorable actuación en la Copa del Mundo.









