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Martín Kalos, de Epyca Consultores: “La contracción económica del segundo trimestre no fue un accidente”

28 septiembre, 2026
in Economía
Martín Kalos, de Epyca Consultores: “La contracción económica del segundo trimestre no fue un accidente”
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La coyuntura económica argentina se encuentra marcada por una serie de datos negativos correspondientes al segundo trimestre de 2026: la actividad económica agregada se ha contraído, lo que ha empeorado la situación de pobreza e indigencia en los hogares. A esta situación se le suma un contexto internacional adverso. La extensión del conflicto entre Rusia y Ucrania, junto con el enfrentamiento entre Estados Unidos e Irán, ha impulsado el aumento de los precios internacionales de las materias primas, la volatilidad de las divisas y el incremento de los índices de riesgo país. En este escenario, se ha anticipado más de un año el clima de campaña electoral. Persiste la incertidumbre sobre si podrá consolidarse el cambio de modelo económico que predominó desde la crisis de la convertibilidad o si el país regresará a un “Estado presente” con políticas discrecionales que han fracasado en el pasado.

En este contexto, un economista destacado, socio fundador y director de Epyca Consultores, Martín Kalos, ofreció un análisis del escenario actual y compartió sus expectativas a corto plazo.

— La actividad económica se contrajo en el segundo trimestre, especialmente en lo relacionado con el consumo y la inversión privada. ¿Fue esto un “accidente” a causa de factores específicos, como el clima, el Mundial de fútbol o el descontento social por el aumento de las tasas de interés, o representa un punto de inflexión?

— La contracción económica del segundo trimestre de este año no fue un accidente. Se trata más bien de un reflejo del agotamiento del esquema de estabilización que hasta ahora se ha sustentado en una apreciación del tipo de cambio, en contener los salarios reales y en ajustar el gasto público. El problema central es la caída de la demanda interna, que no puede considerarse un accidente, sino que es una característica inherente al modelo económico propuesto por Milei. La mayoría de la economía no está creciendo, especialmente en los sectores intensivos en trabajo, mientras que el auge de los sectores más extractivos, que suelen tener menos cadenas productivas relacionadas dentro del país, no es suficiente para pensar en una economía dinámica en el futuro.

— Recientemente, la confianza del consumidor mejoró en septiembre, sobre todo en relación con la situación personal. ¿Cuál es su interpretación de este fenómeno y qué efecto podría generar sobre la actividad, particularmente en el consumo?

— Este repunte se debe fundamentalmente a que la inflación volvió a desacelerarse, luego de un año de aumentos constantes. Sin embargo, este es más un repunte de la esperanza que de una mejora real de la situación. Para que esta mejoría en la confianza de los consumidores se traduzca en una reactivación sostenible del consumo masivo, es necesario que se produzca una recomposición real de los salarios y del empleo formal, algo que no se encuentra en el horizonte actual.

— ¿Por qué considera que la confianza del consumidor mejoró en el interior del país y en el Gran Buenos Aires, pero disminuyó en la Ciudad de Buenos Aires?

— La Ciudad de Buenos Aires tiene una alta concentración de servicios, comercio y empleo formal. Estos sectores están claramente perjudicados por el estancamiento salarial, el aumento de tarifas de servicios públicos y el encarecimiento del costo de vida, lo que también genera una falta de perspectivas laborales. Además, se percibe un deterioro muy visible en los servicios ofrecidos por el Estado bajo la actual gestión del PRO, liderada por el jefe de Gobierno porteño, Jorge Macri. Esto significa que quienes viven en CABA tienen que destinar más dinero de su propio bolsillo, como sucede por ejemplo con el problema del transporte, que se torna cada vez más costoso y menos eficiente. En cambio, en muchas regiones del interior del país, las dinámicas locales relacionadas con la agricultura y la energía son quienes están mostrando un auge, siendo estos sectores los más dinámicos en los últimos años.

— ¿Hay una desconexión entre el descontento de la economía real y la confianza del mundo financiero, en particular de Wall Street, respecto al futuro de la actividad en Argentina?

— No es que haya una desconexión, sino que son perspectivas diferentes. Wall Street premia la disciplina fiscal y el superávit financiero a corto plazo, ya que su interés se centra en si Argentina podrá cumplir con sus compromisos de deuda. En cambio, la economía real presenta una situación de consumo masivo estancado, una caída de la industria manufacturera a dos dígitos, y una paralización de la construcción, aunque se registren algunos intentos de actividad. La preocupación sobre la capacidad de llegar a fin de mes o la falta de oportunidades laborales es acuciante. El mercado financiero aplaude que el Estado logre ahorrar para pagar sus deudas, lo que no debe ser incompatible con un crecimiento que genere más oportunidades.

— En un contexto donde la proporción de depósitos sobre el PBI es baja, ¿las medidas adoptadas por el Gobierno para impulsar el crédito podrán ser efectivas para reactivar la actividad agregada?

— El crédito es útil, pero no es un recurso milagroso. No es suficiente, especialmente porque en nuestra economía, el crédito tiene un impacto mucho menor que en otros países. Con una baja bancarización en general y un coeficiente de encaje bancario que este Gobierno ha elevado del 20% histórico al 45% actual, esto explica por qué la tasa de interés que cobra el banco para otorgar un crédito es casi el triple de lo que pagaría por mantener un plazo fijo. Además, tenemos problemas en el sistema bancario; debido a los altos niveles de morosidad en las personas físicas y las pyme, se está reduciendo el crédito en vez de expandirlo. Por último, las medidas que se han tomado están enfocadas principalmente en estimular créditos en dólares y financiar el crédito hipotecario, que no son precisamente las líneas más utilizadas ni para el consumo masivo ni por las empresas en general, por lo cual su impacto es bastante limitado.

— El sector industrial y el comercio interno reflejan un sesgo contractivo mayor al que sugiere el aumento en la recaudación de IVA sobre la producción nacional. ¿Cómo se explica esta discrepancia?

— La recaudación de IVA nacional ha crecido un 31% interanual en los primeros ocho meses del año; sin embargo, en el mismo período, la inflación fue del 33,1%. Si analizamos agosto de forma aislada, la recaudación por IVA interno aumentó un 29,6%, mientras que la inflación interanual fue del 33,5%. Esto indica que el IVA ya está mostrando una reducción en el nivel de actividad. Es cierto que no disminuye tanto como otros indicadores más directos de medir la actividad, que evalúa el Indec, pero esto se debe a múltiples factores que influyen en la recaudación de la AFIP, que van desde la inercia inflacionaria hasta la cantidad de días hábiles en cada mes.

— En el pasado, durante el Gobierno de Cambiemos, se realizaron anuncios de grandes inversiones privadas, muchas de las cuales no se concretaron. Actualmente, ¿se está repitiendo esta situación, considerando la fuerte contracción que muestra la inversión bruta interna en maquinaria y equipos, o se debe más a la utilización de activos que estaban ociosos?

— Es probable que la situación sea similar. Lo cierto es que, según los datos del Indec, la inversión se encuentra en niveles críticos. Argentina ha tenido históricamente una baja inversión comparada con otros países de un nivel de desarrollo similar o superior. En este momento, las empresas de muchos sectores, especialmente las industriales, enfrentan una capacidad ociosa excesiva. Al haber una demanda deprimida, no hay razón para invertir. Además, incluso si hubiera alguna necesidad a largo plazo que quisieran atender, no disponen del capital ni del financiamiento necesarios. El Gobierno confía en exceso en los proyectos aprobados bajo el régimen de promoción de inversiones, pero estos se concentran en energía y minería, que son intensivos en capital y recursos naturales y no generan suficiente empleo, lo que implica que tardarán varios años en madurar, sin contar que carecen de encadenamientos productivos dentro del país, en parte porque el Gobierno se ha negado a imponer requisitos de componente nacional en dichos proyectos. Por eso, los anuncios bajo este régimen no logran compensar la parálisis en la inversión industrial y en maquinaria del resto de la economía.

— La desocupación se incrementó levemente al 7,9% en el segundo trimestre. ¿Cuál es su interpretación sobre la evolución del mercado laboral y la calidad del empleo que se genera?

— La cifra de desempleo es solo la punta del iceberg. No ha aumentado tanto a pesar de la crisis productiva que venimos analizando, en parte porque hoy existen muchas formas de empleo más precario que evitan un desempleo absoluto. Por lo tanto, lo verdaderamente preocupante es el deterioro en la calidad del empleo: se están destruyendo puestos asalariados formales en la industria y los servicios, y esas personas terminan trabajando de manera independiente o informal. Esto se traduce en menos derechos laborales, menos ingresos y más precariedad, ya que si no trabajan, no cobran. Además, esto genera un problema enorme a futuro si consideramos cómo se sostendrán esas personas cuando ya no puedan trabajar y deban jubilarse. También observamos una intensificación de la pobreza, no solo en términos monetarios, sino en términos de tiempo, ya que las familias comienzan a internalizar tareas que anteriormente externalizaban, lo que les roba tiempo para educarse, capacitarse laboralmente, descansar y disfrutar.

Es importante destacar que toda esta precarización laboral y de la vida recae, en gran medida, sobre las mujeres, agravando aún más la desigualdad de género en Argentina.

— ¿Cuál es el impacto actual de las tasas de interés en pesos sobre la actividad y la capacidad de las empresas para financiar el capital de trabajo?

— Las tasas de interés reales en la actualidad, que están muy por encima de la inflación, están asfixiando a los productores. Para las pyme, el costo de descontar cheques y financiar el capital de trabajo se ha vuelto prohibitivamente caro, y hemos visto varios episodios en los que estas tasas han amenazado con romper la cadena de pagos; es por ello que ni el Gobierno ha podido escapar a la preocupación acerca de la morosidad en estos meses.

— Tras un largo periodo de interrupción del proceso de desinflación, desde abril se ha observado una desaceleración en el ritmo de aumento de los precios. ¿Cómo evalúa ese proceso para lo que queda del año y, especialmente, para el año 2027?

— La reciente desaceleración probablemente se mantenga en los próximos meses, mientras el Gobierno continúe con su política actual. Sin embargo, en el corto plazo, esta desinflación sostenida se debe, en gran medida, a la contracción y amesetamiento de la demanda agregada. Existen numerosos espacios para que la economía se recupere sin que esto presione sobre los precios, dada la enorme capacidad ociosa que tienen muchas empresas. Sin embargo, también hay un elemento problemático: ingresar a un año electoral con un dólar tan apreciado, tan bajo. En el largo plazo, sin políticas productivas y una estrategia de desarrollo, el proceso de estabilización difícilmente pueda ser completamente exitoso como todos deseamos.

— El riesgo país ha superado nuevamente los 500 puntos básicos y tocó máximos de un mes luego de la subida de tasas de la Reserva Federal y del Banco de Japón. ¿Qué margen tiene el Gobierno para volver a los mercados voluntarios de deuda en 2027 en este escenario?

— El margen es prácticamente inexistente. Con un riesgo país por encima de los 500 puntos básicos y tasas de interés del Tesoro de Estados Unidos que son altas, intentar colocar más de 30.000 millones de dólares en los mercados voluntarios en 2027 a tasas razonables es inviable: la prima de riesgo es extremadamente costosa. La pregunta es si el Gobierno tendrá alternativas: en un escenario base sí las tiene, y esperemos que se cumpla y no enfrentemos problemas.

Argentina ha mejorado en el ámbito financiero, pero continúa enfrentando muchos de los mismos riesgos de siempre y en 2027 se le suma la incertidumbre electoral y política.

— Las reservas brutas han caído por debajo de 50.000 millones de dólares y las netas se encuentran en torno a los 11.000 millones, según estimaciones privadas. ¿Es suficiente este colchón para sostener el esquema de bandas cambiarias frente a los vencimientos de deuda de 2027?

— En realidad, lo primero que debería hacer el Gobierno es aprovechar la calma cambiaria actual para eliminar el esquema de bandas sin generar problemas. En cualquier crisis futura, tener esa banda cambiaria como restricción puede resultar complicado. Si se elimina hoy, no causará alarma, porque afortunadamente nadie se está preocupando por las bandas en este momento. De todos modos, reitero que existe un riesgo por la apreciación cambiaria excesiva de este modelo, sumado al hecho de que las reservas netas son escasas y que hay vencimientos en moneda extranjera que superan los 40.000 millones de dólares hasta fines de 2027.

— ¿Qué opinión le merecen los supuestos macroeconómicos del Presupuesto de Gastos y Cálculo de Recursos para 2027?

— Por variar, como ha ocurrido durante casi dos décadas en todos los Presupuestos de cualquier Gobierno Nacional, son supuestos demasiado optimistas e inconsistentes. En línea con lo que hemos comentado sobre los riesgos de entrar en un año electoral con el dólar barato: proyectar un tipo de cambio de 1.847,60 pesos con una inflación del 18% implica seguir profundizando la apreciación real y los problemas que esto conlleva para la matriz productiva argentina. Es cierto que la inflación proyectada para 2027 tiene más sentido y es más factible que la que se había planteado en el presupuesto para 2026.

— El Gobierno anticipa un crecimiento del 4% para 2027. ¿Le parece un número alcanzable, considerando la desaceleración que muestran los últimos datos de actividad?

— Según el Gobierno, la expansión del PBI del 4% en 2027 estaría impulsada por la inversión (9,2%, principalmente por los proyectos bajo el régimen de promoción de inversiones), las exportaciones (8,5%, gracias a un incremento en las ventas mineras y de hidrocarburos) y el consumo privado (3,4%, porque se asume que habrá una mejora en los ingresos de los hogares que supuestamente ya habría comenzado). Sin embargo, el atraso cambiario y el ajuste sobre el gasto público no ayudarían a revertir la contracción que actualmente enfrentan varios sectores productivos.

No obstante, hay una inconsistencia grave en esta proyección: para alcanzar el 3% de crecimiento en 2026, que es significativamente inferior al 5% mencionado anteriormente por el Gobierno, después de la caída de julio que informó el Indec, el crecimiento intermensual desestacionalizado del EMAE debería ser del 2,6% en cada uno de los cinco meses que restan de 2026. Esto significaría que para fin de año, la actividad tendría que estar creciendo a ritmos anualizados superiores al 8%.

Es simplemente poco creíble que esto ocurra, y eso dejaría un arrastre estadístico muy alto para 2027 de un 5,5%. Es decir, para llegar a un crecimiento del 4% durante todo 2027, el nivel de actividad en ese año tendría que caer en comparación con cómo terminará 2026. Para expresarlo claramente: o bien el Gobierno está sobreestimando cuánto crecería la economía en 2026, o está sugiriendo que en 2027 experimentaríamos una recesión significativa.

Lo más probable es que la razón subyacente a este desajuste esté en la falta de rigurosidad técnica de estos supuestos macroeconómicos. De lo contrario, la evolución mensual de la actividad económica está mostrando un deterioro considerable que indica problemas serios para el futuro inmediato.

— ¿Cuál es el papel que puede desempeñar el superávit comercial, sostenido por las exportaciones agropecuarias, mineras y pesqueras, para compensar la debilidad del mercado interno?

— Más que compensar, es absolutamente necesario estimular las exportaciones. Si no aumentamos el número de empresas, especialmente pymes exportadoras, no habrá desarrollo posible. Ningún país puede crecer de manera sustentable si depende únicamente de su mercado interno o si se aísla; se necesita una estrategia clara y sostenida en el tiempo para integrarse en eslabones de mayor valor agregado dentro de las cadenas globales de valor.

Esto implica ir más allá del superávit comercial actual, que se basa en buenas cosechas y la expansión de la minería y la energía; estos son sectores enclave, altamente eficientes, pero que demandan poca mano de obra y generan divisas sin traccionar otras producciones.

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