Messner es reconocido como uno de los más grandes alpinistas de la historia y, sin lugar a dudas, el más célebre. Posee numerosos récords que se registran en el libro Guinness, aunque la enumeración de sus logros no revela su verdadera esencia. Detrás de cada ascenso y cada límite superado, se encuentra su historia y su espíritu.
El alpinista celebró recientemente su 82º cumpleaños, una edad que hoy en día no parece extraordinaria, pero que en su caso se considera casi un milagro. A lo largo de su vida, ha estado en constante confrontación con la muerte, buscando siempre desafiarla y probar sus propios límites.
Ascender esas 14 montañas, todas ubicadas en el Himalaya, representa el verdadero desafío: llegar a la cima y regresar para narrarlo. Enfrentarse a muros imponentes, avalanchas, grietas, temperaturas gélidas, desprendimientos y la falta de oxígeno fue su misión de vida y su motor.
Reinhold Messner nació en 1944 en el norte de Italia, en una familia que hablaba alemán, aunque todos dominaban el italiano. Sus primeras experiencias en la montaña se dieron en los Alpes y las Dolomitas, donde, junto a sus padres y hermanos, forjó su relación con las alturas. Nunca tuvo un oficio formal ni creyó que el alpinismo podría convertirse en su modo de vida, sino que buscaba trabajos temporales para financiar su pasión. Sin embargo, el alpinismo se adueñó de su tiempo, energía y dedicación.
A los cinco años, escaló su primera montaña como parte de un programa familiar. Más tarde, él y su hermano menor, Gunther, se aventuraron en busca de nuevos retos. A los 22 años, Messner se sintió listo para desafiar al Nanga Parbat, uno de los 8 mil y su primer gran desafío en esa categoría.
La expedición era grupal, liderada por un jefe que determinó que Gunther se quedara a 7 mil metros, apoyando al resto del equipo. Sin embargo, Gunther decidió acompañar a Reinhold, y juntos lograron alcanzar la cumbre. Menos de una hora después, comenzó el descenso, y las condiciones se tornaron adversas; el cansancio y la falta de oxígeno hicieron que la situación se volviera crítica. Reinhold, preocupado por su hermano, intentó evitar que se desviara del camino correcto, pero finalmente, un alud se llevó a Gunther. Tras un agotador esfuerzo por hallar a su hermano, Messner sucumbió al cansancio y se desmayó, creyendo que su hora había llegado.
En 1984, mientras intentaba otra hazaña monumental, subir dos 8 mil sin regresar a base, fue documentado por el director Werner Herzog en el impactante filme Gasherbrum, la montaña luminosa. Herzog se enfocó más en el interior de Messner que en la hazaña física, ofreciendo una mirada profunda a su manera de pensar.
Durante una de las entrevistas, Messner explicó la excursión al Nanga Parbat, hablando con claridad y desmintiendo rumores. No obstante, cuando Herzog le preguntó cómo comunicó la muerte de Gunther a su madre, Messner se quebró, llorando desesperadamente y revelando el inmenso dolor que cargaba. Un año después de la tragedia, Reinhold regresó al Nanga Parbat, buscando a su hermano. A pesar de sus esfuerzos, fue imposible encontrarlo. Fue solo en los inicios del siglo XXI, tras un deshielo significativo, que se descubrieron restos óseos que confirmaron que pertenecían a Gunther.
Otro intento por escalar un 8 mil resultó igualmente en tragedia, con la muerte de dos compañeros, lo que lo llevó a tomar la decisión de no escalar más acompañado. Desde entonces, su ascenso a las cumbres se llevó a cabo en soledad.
Renunciar a la montaña nunca fue una opción. La aventura, el riesgo y la búsqueda de límites eran esenciales en su vida. Se dedicó a intentar nuevas modalidades de escalada: lo hizo solo, sin oxígeno y abriendo nuevos caminos, siempre buscando ampliar su propio horizonte.
Messner tiene una conexión profunda con la montaña, entendiendo no solo un pico en particular, sino la montaña como un todo. Sus decisiones a menudo se basan en la intuición y un conocimiento casi ancestral, lo que le ha permitido evitar numerosas tragedias. A pesar de sus logros, también ha enfrentado fracasos. En múltiples ocasiones estuvo a solo pasos de la cumbre del Everest, sólo para darse cuenta de que debía retroceder para preservar su vida, consciente de los peligros que acechaban.
“Nunca tuve ganas de matarme. No es búsqueda de la muerte. Es algo muy distinto: es buscar los límites. Si alguna vez pensé en la muerte no fue escalando”, afirmó en el documental.
Más de la mitad de los destacados escaladores del siglo XX perdieron la vida tratando de alcanzar un 8 mil, atrapados en la trampa que representa la montaña. Messner sabe que escalar también implica aceptar el fracaso; de sus 31 ascensiones, alcanzó la cima en 18.
Cuando le preguntan qué piensa durante sus excursiones, su respuesta suele ser la misma: “No pensaba en nada”. Para él, esa es la esencia de la montaña; solo estar en ella. No obstante, también es un lugar de soledad, donde el temor puede llevar a la locura.
Otro interrogante frecuente en sus entrevistas es sobre lo que siente al llegar a la cima de un 8 mil. “Que estaba muy cansado. Que quería volver a mi casa”, trae a la memoria el alpinista.
Cada vez que lograba una meta, se prometía que sería la última vez, pero pocos meses después, la montaña lo llamaba nuevamente, impulsándolo a enfrentar sus propias vulnerabilidades. Messner ha sido un ávido y obsesionado buscador de aventuras.
Sostiene que escalar puede ser tanto una forma de degeneración mental como un acto creativo. Está convencido de que aquellos que realizan tareas creativas tienen un toque de locura, y no considera que él sea una excepción.
Completó los 14 picos de 8 mil a los 42 años, una edad que se considera crítica, pero su impulso no se detuvo allí. Siguió buscando nuevos retos: cruzó a pie la Antártida y luego el Desierto de Gobbi. La aventura adquirió nuevas formas. Asimismo, se aventuró en la política en Italia.
En 1984, cuando le preguntaron si se imaginaba sin escalar, respondió: “Me imagino caminando de un valle a otro. Sin dirección, por desiertos y bosques. Sin mirar atrás ni adelante. Hasta el fin del mundo, que no sé si es redondo o plano”.
Messner es elocuente cuando se trata de desentrañar su relación con las cumbres, prolífico escritor y generoso en entrevistas, aunque evita discutir su vida privada. La soledad de su vida ha complicado sus relaciones. Su trayectoria incluye mujeres que no soportaron vivir a la sombra de la montaña, matrimonios fallidos y un segundo matrimonio más duradero con una mujer que organizó una memorable aventura familiar: en 2006, sus siete hermanas sobrevivientes y sus cuatro hijos ascendieron al Nanga Parbat, sin buscar la cima, sino honrar la memoria de Gunther.
Su obsesión con los desafíos lo ha llevado a buscar metas que siempre parecen más altas y difíciles de lo que aparentan. Messner se ha mostrado indignado ante las nuevas generaciones y la tecnología que facilita el acceso a las cumbres, sosteniendo que quienes eligen rutas acondicionadas no están haciendo alpinismo, sino turismo. Para él, el verdadero alpinista es aquel que se aventuran a donde no hay nadie más.
La clave del longevidad de Messner en la montaña no radica únicamente en su gran forma física o fortaleza mental, sino posiblemente en su capacidad para sobrellevar el sufrimiento como ningún otro. Su trayectoria se basa en objetivos que otros no considerarían razonables, donde la habilidad, resistencia y disciplina son fundamentales. Aunque es un mundo lleno de riesgos poco recomendables para quienes no están preparados, su imán por la montaña es invencible.
“Nosotros, los escaladores extremos nos adentramos voluntariamente en el infierno y decimos a todos los que nos critican: ‘Déjame en paz, es mi decisión, quiero intentarlo’”, reflexiona Messner en sus memorias, subrayando cómo a pesar del riesgo, él sigue siendo parte de un grupo exclusivo y solidario al que pocos pueden acceder. Reinhold Messner es un auténtico maestro de la montaña, imbuido por una pasión que desafía a la muerte y busca constantemente lo desconocido.










