El 29 de julio de 1966 marca un quiebre en la historia académica argentina con la promulgación del Decreto 16.912 por parte de la dictadura de Juan Carlos Onganía. Esta medida, apenas un mes después del golpe de Estado contra Arturo Illia, anuló la autonomía universitaria consagrada en la Reforma de 1918. Las universidades fueron puestas bajo la dependencia directa del Ministerio del Interior, disolviendo los Consejos Superiores y obligando a los rectores y decanos a aceptar cargos como interventores bajo amenaza de destitución.
La Universidad de Buenos Aires (UBA), encabezada por el rector Hilario Fernández Long, se convirtió en el epicentro de la resistencia. La respuesta del régimen militar fue la denominada “Operación Escarmiento”, ejecutada por la Policía Federal bajo el mando del general Mario Fonseca.
Acción represiva: El ingreso de la Guardia de Infantería a las facultades (especialmente Ciencias Exactas y Filosofía y Letras) se realizó mediante gases lacrimógenos, amenazas y agresiones físicas.
Violencia sistematizada: Testimonios de la época, incluyendo el del matemático Manuel Sadosky y el profesor estadounidense Warren Ambrose (MIT), describen cómo estudiantes, docentes y autoridades fueron desalojados bajo golpes de bastones y culatas de rifle, siendo obligados a salir entre filas de agentes represores.
Balance del operativo: El saldo oficial fue de aproximadamente 300 heridos y 400 detenidos, marcando un hito en la violencia contra la comunidad académica.
La consecuencia más devastadora fue el desmantelamiento del capital científico nacional. El rechazo a la intervención militar detonó una renuncia masiva de docentes e investigadores, transformándose en una “fuga de cerebros” que afectó la estructura universitaria durante décadas.
Magnitud de las renuncias: Solo en la primera semana de agosto de 1966, la UBA registró 1.378 dimisiones docentes. Las facultades más afectadas fueron:
Ciencias Exactas y Naturales (391).
Filosofía y Letras (305).
Arquitectura y Urbanismo (268).
Ingeniería (180).
Pérdida de referentes: El éxodo incluyó a figuras fundamentales como Manuel Sadosky (quien impulsó la primera computadora científica, “Clementina”), Rolando García, Gregorio Klimovsky, Tulio Halperín Donghi, Risieri Frondizi y Mariana Weissmann, entre otros. Muchos de estos investigadores continuaron sus carreras en el exterior, consolidando sus trayectorias en universidades de Estados Unidos, México, Venezuela y Uruguay.
La Noche de los Bastones Largos no solo fue un ataque contra la integridad física de la comunidad universitaria, sino una política deliberada de desmantelamiento intelectual. La pérdida de talentos y la interrupción de proyectos científicos de vanguardia —como el Instituto de Cálculo de la UBA— configuraron un retroceso que el sistema científico argentino tardó años en intentar recuperar. Este episodio permanece como el recordatorio más severo de cómo la intervención política en la autonomía académica puede comprometer el desarrollo soberano y tecnológico de un país.









