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PISA 2025: Argentina ocupa el último lugar en clima de aula y el segundo peor en distracciones por dispositivos móviles

9 septiembre, 2026
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PISA 2025: Argentina ocupa el último lugar en clima de aula y el segundo peor en distracciones por dispositivos móviles
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Ruidos, desarreglos, alumnos que ignoran al docente, dificultades para concentrarse y tiempo de clase perdido antes de comenzar una tarea. La evaluación PISA 2025 revela una de las realidades más alarmantes de la educación en Argentina: el país se posiciona en el último lugar entre 82 sistemas educativos analizados, en el índice de clima disciplinario. El puntaje obtenido en Argentina fue de -0,43, en contraposición al promedio de 0,14 entre los participantes de esta evaluación, elaborada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Las respuestas brindadas por los propios estudiantes ayudan a entender el significado de este último lugar. En la mayoría o en todas las clases de Ciencias, el 58% de ellos afirma que hay ruido y desorden, casi el doble que el 31% del promedio. Asimismo, el 47% reporta que sus compañeros no están atentos al profesor —un dato que contrasta con el 29% a nivel internacional—, y el 29% sostiene que no pueden trabajar adecuadamente, frente al 19% global. Este indicador evalúa situaciones específicas en lugar de ofrecer una visión general de “indisciplina”. PISA inquiere sobre la frecuencia con que los alumnos no prestan atención al docente, existen ruidos y desorgamientos, el docente debe esperar a que los estudiantes se calmen, los alumnos no pueden trabajar correctamente o tardan en iniciar la tarea. La OCDE señala a Argentina y Uruguay como dos sistemas donde más de la mitad de los estudiantes reporta ruido y desorden habitual. Comparando a Argentina con los sistemas que están ligeramente por encima, Grecia tiene un puntaje de -0,32; Paraguay, -0,22; y Uruguay, -0,21. Con -0,43, Argentina se encuentra en el último puesto a nivel internacional. Este diagnóstico es alarmante, ya que se presenta antes de abordar las capacidades de los adolescentes en Ciencias, Matemática o Lectura, enfocándose en un aspecto aún más fundamental: las condiciones necesarias para que una clase se desarrolle. “Crisis de autoridad adulta” Para Pablo Mainer, fundador de Hablemos de Bullying, vocero de Argentinos por la Educación y representante de dicha organización en Santa Fe, el deterioro del clima escolar proviene de diversos factores. “La causa de fondo es una crisis de autoridad adulta”, comenta. Destaca que no se trata únicamente de las habilidades o del liderazgo del docente, sino también del respaldo institucional, el compromiso de las familias y la necesidad de reconstruir una autoridad que ya no se da por el simple hecho de ser profesor. Agrega que existe un desajuste entre los ritmos que impone la escuela y aquellos a los que están acostumbrados los adolescentes. “Los chicos están habituados a ritmos diferentes, a la información inmediata, a priorizar la imagen sobre el texto, a reproducir contenido a gran velocidad, mientras que en la escuela todo tiene un ritmo distinto y requiere procesos diferentes”, explica. Por esta razón, considera que la convivencia no debe ser abordada con intervenciones aisladas, sino de manera transversal dentro del proyecto educativo e institucional. Relación con el aprendizaje El clima del aula está estrechamente vinculado con el aprendizaje. En casi todos los países evaluados, quienes describen entornos más ordenados tienden a obtener mejores resultados en Ciencias y manifiestan actitudes más positivas hacia el aprendizaje, incluso al considerar su perfil socioeconómico. La OCDE advierte que esta relación no implica necesariamente una relación de causa y efecto. La situación mejora al observar los resultados en Ciencias, donde, en una escala del 1 al 6 —siendo 1 el nivel más bajo y 6 el de excelencia—, el 59,3% de los estudiantes argentinos se encuentra en el nivel 1 o por debajo, mientras que aproximadamente el 41% alcanza el nivel 2. El informe nacional también destaca que las desigualdades socioeconómicas siguen siendo un factor determinante en los aprendizajes. Ausentismo e impuntualidad Los problemas se inician antes de la llegada a clase. Dos de cada tres adolescentes argentinos llegó tarde al menos una vez durante las dos semanas previas a la evaluación. El 66% que se registró en 2025 contrasta con el 50% promedio de la OCDE y refleja un deterioro en el país: en 2022 fue del 60% y en 2018 alcanzó el 53%. En siete años, la impuntualidad escolar ha aumentado 13 puntos porcentuales. En lo que respecta al ausentismo, la situación es diferente. Aproximadamente el 20% faltó al menos un día completo durante las dos semanas anteriores a PISA, en comparación con el 22% de la OCDE. Otro 20% ausentó al menos una clase, mientras que el promedio internacional es del 24%. En términos del informe nacional, que incluye faltas no autorizadas a clases o días completos, esta proporción asciende al 27,8%. En el grupo de adolescentes del cuartil socioeconómico más bajo, la cifra se eleva al 33,8%, mientras que en el más alto desciende al 19,2%. Las ausencias se asocian con resultados entre 30 y 38 puntos inferiores para el total de estudiantes. Sin embargo, el informe señala que no se puede establecer causalidad; las faltas pueden disminuir las oportunidades de aprendizaje o, a su vez, las dificultades académicas pueden reducir la motivación para asistir. Pantallas, recursos y tiempo perdido A las interrupciones y ruidos se suma otro competidor por la atención: el 55,4% de los alumnos argentinos indica que sus compañeros se distraen con dispositivos digitales durante la mayoría o todas las clases de Ciencias. Este indicador sitúa a Argentina en el segundo lugar entre 83 sistemas evaluados. Además, los adolescentes argentinos pasan en promedio dos horas diarias en dispositivos digitales para actividades recreativas durante la jornada escolar, uno de los registros más altos a nivel internacional. En paralelo, el nivel de preparación de las instituciones para el aprendizaje digital es de -1,11, posicionando al país en el puesto 87 entre 88. Esta combinación revela una contradicción: una alta presencia de dispositivos y distracciones junto a una preparación institucional muy baja para integrarlos en el aprendizaje. Mainer sostiene que el teléfono mobile acentúa esta dificultad para mantener el enfoque. “Los cuerpos están presentes, pero la mente está ausente”, resume. Describe al celular como un “interruptor” que interfiere incluso sin estar en uso, y subraya que la búsqueda de estímulos inmediatos entra en conflicto con los tiempos necesarios para el aprendizaje. “Si no logro entender algo de inmediato, me evado con el celular”, ejemplifica. El especialista indica que las restricciones son desiguales en el país y sostiene que no debería ser responsabilidad de cada docente resolver de manera individual la cuestión del uso del teléfono en aula. También apunta que este fenómeno trasciende el aula: durante los recreos, las pantallas pueden reemplazar momentos de interacción social y hasta el aburrimiento, que son, a su juicio, fundamentales. “Es crucial no dejar solos a los docentes, que muchas veces enfrentan este desafío en soledad”, sostiene. La inteligencia artificial presenta una nueva dimensión. El informe indica que el 52% de los alumnos utiliza herramientas de IA para realizar tareas escolares al menos una vez por semana, y el 41% las usa para resumir textos, frente al 30% de la OCDE. Este último uso se considera una advertencia por la tendencia a delegar la lectura profunda. Acompañamiento familiar y trabajo adolescente Las trayectorias educativas enfrentan obstáculos adicionales. El 17,7% de los estudiantes argentinos ha repetido al menos una vez. Entre el cuartil socioeconómico más bajo, esta cifra asciende al 28,7%; mientras que en el más alto, se reduce al 6%. Además, un 27,6% declaró haber trabajado de forma remunerada durante las dos semanas anteriores a la evaluación; en el grupo de adolescentes del cuartil inferior, esta cifra alcanza el 33,9%. En ambos casos, el informe arroja resultados significativamente peores entre aquellos que han repetido o que trabajan. Durante 2025, el acompañamiento familiar ha decrecido. El 62% de los estudiantes sostuvo que al menos una vez por semana sus padres o cuidadores se interesaban por lo que hacían en la escuela; en 2022, esta cifra era del 67%. La disminución es más acentuada con respecto a las dificultades escolares: aquellos que conversaban semanalmente con sus padres sobre problemas en la escuela bajaron del 52% al 44%. El diagnóstico no sitúa a Argentina en una situación inusual. Por ejemplo, el bullying. El 20% ha sufrido al menos un tipo de acoso varias veces al mes o más, cifra que coincide con el promedio de la OCDE, sin variaciones estadísticamente significativas en comparación con 2022. En lo que respecta al ciberacoso, la proporción nacional fue del 4%, frente al 3% a nivel internacional. Los estudiantes que reportan haber padecido acoso escolar obtuvieron, en promedio, 46 puntos menos en su evaluación de Ciencias. Para Mainer, esta diferencia es esencial para interpretar los resultados. “La indisciplina no equivale a bullying”, puntualiza. Explica que el acoso escolar es un fenómeno específico que debe ser sostenido en el tiempo, donde hay asimetría de poder y cuyo funcionamiento se basa en una “ley del silencio”. Una pelea ocasional, el desorden en una clase o un conflicto entre compañeros puede ser parte de los problemas de convivencia, sin necesariamente constituir acoso escolar. “Si todo se etiqueta como bullying, nada es bullying”, afirma. Según su opinión, clasificar cualquier incidente de violencia escolar de esa manera confunde fenómenos distintos y desdibuja las estrategias necesarias para abordarlos. “Las aulas en Argentina son expresivas, desbordadas y con poca tolerancia a las reglas”, describe. El bullying, por el contrario, implica una persecución sistemática y requiere de estrategias específicas. Sin embargo, esto no implica que ambos fenómenos estén desconectados. Mainer define el bullying como “la punta del iceberg”: tiende a aflorar en instituciones donde el maltrato, la violencia, la falta de comunicación o la ausencia de reglas están naturalizados. Por lo tanto, sostiene que trabajar en la convivencia cotidiana puede ser también una forma de prevención.
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